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Nunca pregunten por qué

  • Writer: Maria Jose Mora Silva
    Maria Jose Mora Silva
  • May 2, 2025
  • 6 min read


Si su primera reacción fue "¿por qué?", empezamos mal. En la sesión de esta semana, nos adentramos en el concepto de metamodelo del lenguaje, una herramienta que, cuando las palabras se quedan cortas para expresar un pensamiento, permite especificar y eliminar ambigüedades presentes en los procesos comunicativos, a través de preguntas pensadas para transformar patrones de pensamiento que dificulten el entendimiento de la percepción del mundo que tiene alguien más. Aplicar el metamodelo posibilita el establecimiento de una comunicación efectiva y se contempla para abordar los filtros/violaciones del lenguaje. Estos son procesos lingüísticos que realizamos al poner en palabras una experiencia completa. Al hablar, eliminamos información, generalizamos y distorsionamos (Accresio, 2017). ¿Qué quiere decir esto? Voy a explicarlo brevemente en un cuadro:



Definición

Ejemplo

Distorsión

Cambios de los datos sensoriales de una experiencia que llevan a falsas interpretaciones de la realidad; exageraciones.

  • Ya sé qué planeas

  • Definitivamente, él no sirve para esto

  • Entre más grande, más bobo

  • En esta oficina no hay profesionalismo

Generalización

Declaraciones que hacen suposiciones basadas en la información limitada o experiencias pasadas. Son restrictivas y limitan la capacidad de comprender plenamente una situación o de considerar otras perspectivas.

  • Todos los hombres son iguales

  • Ningún francés se baña

  • No sé cambiar una llanta

  • Debería cambiar regularmente de accesorios

Omisión

Se presta atención selectiva a ciertos aspectos de la propia interpretación y se excluyen otros. Información que se pasa por alto o se deja fuera de la comunicación.

  • Soy mejor

  • Sería la primera vez

  • Esto me disgusta

  • Ella me lo confirmó


Para sobrepasar los límites que imponen las palabras, los interrogantes adecuados orientan al sujeto a ser proactivo. Esto quiere decir que la persona es "forzada" a pensar en acciones, opciones y soluciones, en lugar de reforzar su sistema de creencias y recurrir a la defensa, que es lo que ocasionamos al preguntar por qué (por eso, ¡nunca pregunten por qué! a menos de que se trate de un trabajo periodístico). Dentro del metamodelo del lenguaje, lo que dice una persona se le conoce como estructura de superficie y su experiencia y el significado que le otorga a esta, se denomina estructura profunda (Rodríguez, 2022). En clase, el profe nos dijo que "el mapa no es lo mismo que el territorio". Esto, en términos del metamodelo, significa que el modelo del mundo que interpretamos a través de nuestros sentidos, no corresponde con exactitud a la realidad. Adicionalmente, esta herramienta resulta útil en áreas muy variadas, como lo son las siguientes:

Filtro del propio diálogo interno: ideal para quienes les atrae analizarse a sí mismos, permite prestar atención y modificar su propio diálogo interno.


Cambio de creencias: desafío de creencias limitantes propias y ajenas (como un acto de "fingir demencia").


Trances hipnóticos: como se buscan mensajes ambiguos, se utiliza el metamodelo en sentido contrario.


Publicidad, periodismo, y propaganda política: permite redactar mensajes de manera especial, realizar mejores reportajes, y escribir discursos para oradores que busquen producir determinados efectos. Es tan útil que incluso hay cursos en línea para dominar el arte del metamodelo el lenguaje (evidencia en la imagen de abajo).



No planeé un a entrevista o algo estructurado para llevar a la práctica lo que vimos en clase, pero recordé un momento en el que quizás sí lo hice, de forma inconsciente. Días después de aprender sobre el metamodelo, mi hermano, mi novio y yo salimos de la universidad, rumbo a Bogotá. En la mañana de ese día, Juan me había comentado que tenía que hacer una exposición de 4 minutos, sobre un tema de su preferencia y que no sabía todavía sobre qué hablaría en clase. De inmediato, le sugerí un tema sencillo, con el que consideré que se desenvolvería bastante bien: nuestros gatos. Curiosa por conocer los detalles de su presentación y con ganas de una conversación para ignorar el trancón, me dirigí a mi hermano para preguntarle:


—¿Sí habló de los gatos?

—Sí.

—¿Y cómo le fue? —inquirí.

—Normal.

Tuve el impulso de preguntar "¿por qué?", pero logré retenerlo. En su lugar, decidí formular otra pregunta:

—¿Qué lo hace pensar que le fue así?

—Pues... no resalté en nada.

—¿Qué dijo el profe?

—No me acuerdo.

—Entonces, ¿cómo está tan seguro de que no destacó? —repliqué, sintiéndome orgullosa de aplicar lo visto en clase.

—Por lo que le decían a los demás.

—¿Qué les decían a los demás? —indagué.

No obtuve respuesta verbal. Solo observé cómo evadía mis preguntas, abatido, con la mirada baja.

—¿Y cómo se sintió?

—Como me siento cada vez que presento.

—¿Y cómo se siente cuando tiene una presentación?

—Pues... mal, lleno de nervios.


En esta respuesta, sentí cómo su voz se quebrantaba. Ya no se esforzaba por mantener contacto visual conmigo, sino que se refugiaba en la pantalla de su celular o mirando por la ventana. Quise insistir con la misma ronda de preguntas y encontrar respuestas más reveladoras. Sin embargo, un delicado gesto de mi novio, indicándome que parara con el interrogatorio, hizo que dejara mi curiosidad de lado. No miento al decir que me salieron un par de lágrimas; creí que fui muy intensa con el tema y sé cómo se comporta Juan cuando algo lo pone incómodo, e incluso, lo hace sentir inseguro. Esta situación me llevó a cuestionarme: ¿son necesarias las palabras para llegar a una verdad?


Si bien el objetivo del metamodelo es comprender de la mejor manera lo que expresa el interlocutor, cuando nos encontramos con personas cerradas, esta tarea se dificulta. Tomando como referencia la conversación que tuve con mi hermano (y también el hecho de que lo conozco de por vida), la reacción que obtuve de él fue lo que más indicios me dio acerca de sus pensamientos. Si él hubiese usado otro tono, pero conservado las mismas palabras, el escenario habría sido completamente diferente, pues la impresión con la que me quedaría sería que Juan Pablo mostraba indiferencia ante lo ocurrido en su presentación, ya que no recordaba detalles significativos ni expresaba interés por tener esa charla conmigo (por lo mismo de que "no se preocupa" por su desempeño académico). Sin embargo, la realidad no podría estar más alejada de la situación hipotética anterior; mi hermano, con sus palabras, su tono de voz y lenguaje corporal me dejó clarísimo que hablar en público sigue siendo una habilidad que se le dificulta y no cree mejorar en ello sea posible. Esto, lo hace sentir inseguro y provoca que desestime sus demás fortalezas. Un error para él es fracasar en la vida, y más aún en un espacio lleno de gente con grandes cualidades que, a sus ojos, son mejores que las suyas. Me duele saber que mi hermano se sienta de esa forma, porque no es una sensación extraña para mí y entiendo por lo que está pasando, pero también debo comprender que está pasando por la transición de colegio-universidad, su carrera no es sencilla y está en él adaptarse a este nuevo entorno, encontrando un balance entre su vida académica y sus emociones que no lo inhiba para seguir ante un tropiezo, sino que lo motive a aprender de sus errores y avanzar.


Con todo esto, comprendí que la función del metamodelo del lenguaje no es únicamente mejorar la comunicación, sino también para examinar con mayor sensibilidad los procesos internos que atraviesa otra persona al expresarse. Mi hermano no necesitaba que le explicara por qué estaba mal su percepción o que le ayudara a traducir sus pensamientos para que fueran más claros; necesitaba, más bien, a alguien que lo escuchara con empatía y sin criticar angustia. Tal vez, aplicar el metamodelo no es solo hacer las preguntas correctas, sino también saber cuándo detenerse, cuándo guardar silencio, y cuándo leer lo que las palabras no dicen. Porque a veces, entender lo que alguien no dice es más diciente que todo lo que pueda llegar a comunicar. Y entonces me pregunto: ¿hasta qué punto el verdadero sentido de una conversación habita en lo que se pronuncia y no en lo que se siente?









Referencias


 
 
 

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